Desde el principio, todo en esta historia fue extraordinario.
Era viernes, la antesala del deseado fin de semana, y había terminado mi última clase, pero antes de marcharme bajé al sótano en busca de unos documentos. Soy profesor de Historia Antigua en una universidad del sur del país y rondo la cuarentena de años. Encendí las lámparas de techo y a su parpadeante luz me dirigí a las estanterías donde se custodian los archivos relacionados con el trabajo de investigación que en esos momentos estaba realizando, concretamente sobre la dominación romana en Hispania.
Estaba absorto, examinando el contenido de una caja, cuando algo me hizo girar la vista hacia el fondo del pasillo, iluminado súbitamente. Me acerqué y, refulgente sobre una balda metálica, hallé algo fuera de lugar.
Era un paquete rectangular, envuelto en arcaico papel de estraza y atado en cruz con fino bramante. Lo tomé en mis manos, soplé sobre el polvo acumulado y lo examiné. En el ángulo superior derecho había anotadas unas cifras, imaginé que la numeración para su registro. Palpé el envoltorio a conciencia, le di la vuelta un par de veces, lo olí incluso. Era pesado y contenía bastantes papeles, cuartillas probablemente.
Debí preguntarme cómo era posible que sobre una desierta estantería se hallara un fajo polvoriento en lugar de estar debidamente archivado, pero no lo hice, en aquellos momentos nada de aquella insólita situación me parecía extraño. Tanto que hasta olvidé el propósito por el que bajé al sótano. Así pues, subí con el legajo bajo el brazo y entré en mi despacho. Tecleé en el ordenador las cifras que figuraban en la cubierta y como temía no obtuve resultado alguno, pero no me desanimé. Me dirigí a una sala cercana donde, casi olvidados, se hallan los venerables ficheros metálicos custodios de las fichas de cartón de archivos antiguos. Busqué y, milagrosamente, encontré la cartulina.
La información era escueta y refería que el mazo de papeles se había encontrado en la década de los años veinte del pasado siglo, al derribar el tabique de un caserón en la Alameda Principal. En esta bellísima avenida de la capital malagueña residieron tiempo atrás varias de las familias más acaudaladas y poderosas de España, tanto que se las conocía como la oligarquía de la Alameda. Posiblemente alguien abriría el paquete y al comprobar, como supe más tarde, que hablaba de nuestro pasado histórico, había tenido la generosidad y el buen sentido de remitirlo a la Universidad. Allí había desaparecido y a saber por qué, al cabo de cien años, alguien lo había rescatado y puesto a mi alcance. No perdí más tiempo en elucubraciones, lo guardé en mi maletín y me marché de la facultad.
Llegué a casa, distraído besé a mi mujer y sin demora me dispuse a examinar el misterioso envoltorio. Mi esposa es también historiadora y como tal temible a la hora de admitir la autenticidad de informaciones no contrastadas, por cuyo motivo no le dije nada de mi hallazgo sin antes conocer su contenido. Me acomodé ante mi mesa de despacho y desaté el cordel con el mayor cuidado. No estaba lacrado como era costumbre en la época, sólo lo cerraba una lazada de doble nudo. La solté sin dificultad y desplegué el basto papel, que daba tres vueltas.
Efectivamente, era un bloque de cuartillas de buena calidad. La primera hoja estaba en blanco, pero en la segunda ya aparecían las primeras líneas. Todas estaban numeradas y escritas en letra perfectamente legible, inclinada, picuda y sin florituras, la letra de un hombre. En tiempos pasados se distinguía la escritura según el sexo, cuestión de enseñanza. Con el mayor cuidado fui pasando el rimero de hojas y bajo ellas, inesperadamente, apareció un sobre amarillento de su mismo tamaño. Tenía la solapa despegada, la levanté y extraje de su interior una fotografía. Un hombre barbudo sentado en un sillón de alto respaldo y una bella mujer en pie, a su lado, miraban a la cámara con semblante serio. Por la indumentaria de la pareja y la forma de posar y, desde luego, por el grosor del cartón, estimé que la foto debía tener más de un siglo. La dejé a un lado junto a cuaderno y bolígrafo, y comencé a leer.
Casi perdí la noción del tiempo. Dos días invertí en la lectura del manuscrito, terminé cansado y con los nervios en tensión, pero sobre todo vivamente impresionado. Porque aquellas cuartillas contaban la prodigiosa aventura de un hombre y de su compañera a lo largo de un tiempo… imposible. El autor comenzaba su crónica narrando una cacería en los primigenios tiempos del Paleolítico como muestra de la vida de nuestros antepasados. Luego, sin más demora, hacía su aparición el protagonista.
Eran los albores de la civilización, aquellas épocas todavía oscuras en las que el hombre comenzó a dominar la Tierra.
Esta es su historia.
Buenas tardes,
¿Hay alguna otra posibilidad de obtener el título «El Primero de los Hombres» que no sea pasando por Amazon?
Gracias
De momento, solo a través de Amazon, donde pronto aparecerá en formato electrónico. En fechas próximas estará disponible en librerías de Hinojosa del Duque.
Buenas tardes,
para que franja de edad es adecuado este libro, para un adolescente entre 13 y 14 que le parece?
Saludos
Jaume
Hola. Disculpe la tardenza en responder. Creo que es ideal para esas edades, es una forma de conocer y profundizar en nuestro pasado de forma amena. Un saludo.
Hola, acabo de terminar de leer «El primero de los hombres». Me ha gustado muchísimo. Durante algunos años trabajé en un museo arqueológico compaginando esta ocupación con trabajos para la universidad de Alicante, departamento de historia antigua y arqueología. Como es de esperar soy un apasionado de la historia, y su novela me ha encantado. Acercarse en una novela al tema de la eternidad, me ha recordado una película que hace años vi, «El hombre de la Tierra».
Enhorabuena por el trabajo, espero pronto la continuación, período visigodo, árabe y la época de los descubrimientos, seguro que será otro éxito.
Muchas gracias, Daniel.